Los rostros de Lombroso

En 1870 el médico italiano Cesare Lombroso, considerado uno de los fundadores de la criminología, se encontraba examinando el cadáver del célebre bandolero Vihela cuando tuvo una visión que marcaría no sólo su vida, sino una etapa de la ciencia y aun de la literatura. Había descubierto en aquel hombre unos patentes rasgos simiescos:

“No era una mera idea, sino un destello de inspiración. Al contemplar aquel cráneo me pareció que, de golpe, iluminado como una vasta llanura bajo un cielo resplandeciente, podía ver todo el problema de la naturaleza del criminal: un ser atávico cuya persona reproduce los instintos feroces de la humanidad primitiva y de los animales inferiores. Así se explicaban anatómicamente las enormes mandíbulas, los pómulos pronunciados, los arcos superciliares prominentes, las líneas de las manos separadas, el gran tamaño de las órbitas y las orejas en forma de asa que se observan en los criminales, los salvajes y los monos, la insensibilidad ante el dolor, la extremada agudeza de la vista, la debilidad por los tatuajes, la excesiva ociosidad, el gusto por las orgías y el ansia irresponsable de maldad por sí misma, el deseo no sólo de extinguir la vida de la víctima sino también de mutilar el cadáver, desgarrar su carne y beber su sangre”.

La idea a la que había llegado Lombroso era relativamente sencilla. Los criminales son especimenes “atávicos”, es decir, una suerte de hombre primitivo resurgido, casi un orangután renacido en el hombre actual, una especie de monstruo que guarda en su ser tanto la parte evolucionada del hombre como la no evolucionada.

Hasta que finalmente las pruebas que aportó Lombroso en su L’Uomo delinquente fueron refutadas por la comunidad científica, el criminólogo gozó de un gran predicamento en la sociedad, especialmente entre los escritores. Jonathan Harker, por ejemplo, se basó en su clasificación fisionómica para pintar al conde Drácula y otros, como Pío Baroja, siguieron sus tratados casi al pie de la letra para describir a sus personajes.

(La Brigada Atadell fue una de las cuadrillas de “paseos” más activas en el Madrid inmediatamente posterior al alzamiento de julio del 36)

Fotografías tomadas del libro de Carlos García-Alix El honor de las injurias, una suerte de making-of del documental del mismo título, que repasa la vida de Felipe Sandoval, un activista anarquista sin escrúpulos.

 


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