Los retratos del muerto

Padre con niño difunto. José Rodrigo. Lorca, hacia 1870

«Es la voluntad de tener al muerto – nos dice Agustín García Calvo – la que promueve y vende la fotografía”. Y así es, esa voluntad de poseer el pasado, tanto el de uno mismo como el de las personas que nos son próximas y queridas, potenció la fotografía de difuntos en unos años en que no todo el mundo había tenido la ocasión de retratarse antes de su último viaje. En los primeros años era el propio difunto el que debía ser trasladado a los estudios convenientemente amortajado y maquillado, aunque esta práctica debió abandonarse ante las protestas de los vecinos y los inconvenientes técnicos derivados de la rigidez de los modelos. La propia ley llegó a prohibir tales prácticas para prevenir la propagación de enfermedades.

Surgió entonces una especialidad dentro de la especialidad. El fotógrafo había de trasladarse a la casa del muerto y allí preparar la toma. Ante lo genuino de la situación – no prevista en los manuales al uso -, cada cual debió improvisar con sus modestos forillos en patios y corralones; otros buscaban contraluces intensos y dramáticos, y algunos, menos inspirados y ceremoniosos, hacían sacar al muerto a los patios y allí los colocaban sobre las toscas mesas de la matazón. Al difunto se le mantenía erguida la cabeza, mientras la familia se situaba alrededor, con el gesto y la gravedad propias de tan dramático momento. Fotógrafos hubo que por inspiración propia o por encargo, sacaban fotografías del difunto procurando imprimirle una imposible sensación de vida. Para ello retrataban previamente su rostro, abriendo luego los ojos mediante hábiles retoques. Puestos a lucirse, los más expertos e inspirados llegaban a montar el retrato del muerto, convenientemente acicalado y resucitado, junto al de su mujer, sus hijos y gentes de su cercanía.

El desarrollo de la técnica generalizó este tipo de trabajo, haciendo de la muerte un hecho más igualitario que en los primeros años de la fotografía. En los umbrales del siglo XX cientos de personas se ganaron el derecho a perpetuar su imagen póstuma en el milagro de las placas impresionadas.»

Historia de la fotografía en España. Publio López Mondéjar

Cadáver laureado del pintor Mariano Fortuny. Anónimo, 1874

Duelo en Totana. Fernando Navarro, hacia 1905

 

El novillero Enrique Pérez Ferrando muerto en la plaza de toros de Albacete. Collado, agosto 1919

Nota: Hasta el siglo XIII el muerto en Occidente siempre fue anónimo. Sólo a partir de entonces las tumbas aparecieron con nombres y apellidos. El muerto también pasó a ser un individuo, aunque de esto hablaremos en una próxima entrada. Es en este contexto donde se entiende la pasión por la inmortalización fotográfica del difunto de siglos pasados.

Niña muerta. Frank. Daguerrotipo, junio 1857

Fotografía tomadas del libro mencionado

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