PSOE: gobernando el vacío

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Probablemente a estas alturas todos ustedes tengan una visión de lo que ocurre en el PSOE, pero déjenme aportarles otra perspectiva, o mejor, describirles una imagen, para intentar matizar esa visión. En realidad, la imagen no es mía, pertenece al libro de Peter Mair Gobernando el vacío, a mi juicio, uno de las obras que más nos ayuda a entender lo que está ocurriendo en toda Europa y parte de América.

Su tesis es la siguiente: los partidos y sus votantes están sufriendo un viraje recíproco y en direcciones opuestas que les está separando mutuamente hasta producir una desconexión grave entre ellos, un vacío o, por qué no llamarle, un abismo.

El proceso arranca de finales de los años 80 y principios de los 90. El abandono de Bretton Woods, con el debilitamiento de la economía productiva y el fortalecimiento de la economía financiera; el creciente poder en la sombra de los grandes actores económicos resultante de este proceso; el auge del neoliberalismo con la llegada de un nuevo consenso en el cual el anterior debate mercado versus planificación prácticamente desaparece en favor del dominio ideológico y político del primero; la reducción de las diferencias reales entre partidos, los cuales, al responder a este consenso, se comportan a la postre de manera muy parecida; el proceso de globalización y la subsecuente crisis del margen de maniobra nacional; la importancia abrumadora de centros de poder político internacionales, como la UE, carentes del suficiente control democrático y sin la debida asunción de responsabilidades por las políticas llevadas a cabo, son todos factores que coadyuvan para que los dirigentes políticos, objetivamente, cada vez actúen más al margen de sus representados socavando el principio mismo de representatividad o al menos para que, subjetivamente, sean percibidos como alejados de los intereses de aquellos que los auparon al lugar que ocupan.

Por el otro lado, los votantes y la sociedad en su conjunto también se están separando de los partidos. Los datos son ubicuos en toda Europa, marcando una clara tendencia en todas sus variables. La participación en las elecciones, por ejemplo, dibuja una línea descendente clara, aunque débil y fluctuante. La afiliación es probablemente el elemento más llamativo, con bajadas de entre el 25 y el 66% en todo el continente y en todos los partidos. La relativa indiferencia ha conllevado volatilidad del voto y una sintomática menor fidelidad a los partidos tradicionales. La menor identificación partidista ocasiona además un creciente voto dividido en diferentes tipos de elecciones. El votante en los últimos treinta años es cada vez menos fiel, más volátil, más cortoplacista y, probablemente, más dependiente de los medios de comunicación y de la campaña electoral.

Y es que tanto el partido como las sociedades han cambiado. Así como el partido es menos fiel a los votantes y parece responder más a intereses de círculos cerrados de funcionarios, tecnócratas o poderes fácticos, la sociedad está menos estructurada en sindicatos o iglesias, algunas de las antiguas instituciones que articulaban los partidos. Así que el partido ya no agrega intereses y estructura deseos de clase o sectores sociales, sino que intenta pescar en todos los caladeros, perdiendo la identidad que antaño le definía. Por si fuera poco, el trabajo de base, en la calle, cada vez tiene menos importancia en relación a la influencia que pueda tener el diseño de campañas en los medios de comunicación o en las redes sociales. Los partidos se enraízan menos en la sociedad, abandonando sus antiguos pilares sociales (y siendo abandonados por estos).

El autor, concluye, en términos técnicos, que nuestras democracias están perdiendo el carácter popular, representativo (¿recuerdan el “no nos representan”?) para encontrar su legitimidad en su carácter procedimental o constitucional, tecnocrático, en una especie de (en teoría) “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”.

Esta explicación de la deriva de los partidos en las últimas décadas nos sirve para explicar, en primer lugar, el auge de los populismos, es decir, la creencia cada vez más extendida de que los partidos no responden a los deseos de sus votantes (el pueblo) sino que poseen una agenda propia que revela otros intereses. Pero también explica la crisis de la socialdemocracia, por la sencilla razón de que, mientras que las políticas dominantes hoy en día se acercan más a las doctrinas liberales, en cambio difieren en gran manera de la tradicional propuesta socialdemócrata. La consecuencia es la acusada pérdida de apoyo popular de los partidos socialistas y, en último término, su pasokización, fenómeno que acaba de materializarse en Holanda y Francia y todo indica que puede ocurrir en otros países del continente.

Peter Mair no entra en un último aspecto de este proceso, que no es otro que el vacío concomitante entre las cúpulas de los partidos y sus bases. A esto estamos asistiendo ni más ni menos en el PSOE. Y dejo esta primera parte del artículo, más sociológica, para ponerme más literario.

Porque lo que estamos presenciando estos días es una tragedia en varios actos, que en realidad arranca por lo menos desde las primarias que ganó Borrell, en la que las bases del PSOE se rebelan contra este proceso y contra todas sus implicaciones tanto políticas como ideológicas. Es una revuelta en toda regla, con la pretensión de traspasar este vacío, de vencer este abismo, este foso que protege el castillo de unos dirigentes que se han ido separando progresivamente de ellos, acercándose a otras posiciones y a otros intereses, perdiendo el nexo que les unía antaño a sus representados.

Cuentan que los militantes que habían abandonado el barco del PSOE desencantados han vuelto para tomarlo. Cuentan que los mítines de Pedro Sánchez son un hervidero de ira y de rabia. Cuentan que los militantes entonan La Internacional con el puño más cerrado que nunca, como dispuestos a golpear o a reafirmarse en una identidad traicionada, traicionada por renuncias constantes y sobre todo por la abstención que permitió gobernar a uno de los presidentes de gobierno más indignos de nuestra democracia. Están dispuestos a franquear de una vez por todas ese vacío que les separa de sus líderes, a volar sobre el abismo, a tomar, superado el foso, el castillo.

Es la crónica de un desgarro social, que no es sólo socialista sino español y europeo. Es una batalla más, que ahora se juega en clave de elecciones primarias en España y en el PSOE, pero que de hecho se está jugando cada mes en cada una de las elecciones europeas que estamos viviendo: la batalla entre los ciudadanos que se sienten ninguneados y sus representantes, los cuales, según Peter Mair, cada vez ejercen menos como tales.

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