La vileza

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Confieso que quería escribir un artículo analítico sobre la crisis del PSOE hasta que vi la película El hombre de las mil caras, de Alberto Rodríguez. Se trata de la historia del inefable Francisco Paesa y su relación con la mítica huida de Luis Roldán. Es la típica historia del buen ladrón, el que por fría y justa venganza pretende robar al malvado, en este caso, al propio Estado español. Como siempre en este género, acabamos empatizando con el delincuente, esa especie de Dioni, de Robin Hood, de Ronnie Biggs (el del tren de Glasgow), de Danny Ocean (Ocean’s Eleven) o de Johnny Hooker (El Golpe). Me atrevería a afirmar que el director ha logrado una película magistral, a la altura de los grandes clásicos. Pero al que debo responsabilizar de mi estado es al compositor, Julio de la Rosa, cuya música se me ha clavado en el cerebro.

Hasta entonces iba a hablar de las causas de la crisis socialista. Quería contar que en ella se han mezclado tres crisis. La primera es una crisis de liderazgo. Pedro Sánchez comenzó traicionando a los que le auparon para dirimir la rivalidad entre Susana Díaz y Eduardo Madina, con el patrocinio de Rodríguez Zapatero. Defenestró a Tomás Gómez cambiando la cerradura de su puerta. Confeccionó listas a su antojo humillando a sus compañeros, desautorizó la alianza de Ximo Puig para el Senado y continuó labrándose enemigos con sistemática diligencia hasta que se quedó dentro del partido con el apoyo de unos pocos de sus allegados. La historia de Pedro Sánchez es, primero, la historia de un líder con poco éxito en el complicado ajedrez de la política palaciega.

La segunda crisis es orgánica. El PSOE es una formación mestiza. No es una organización autoritaria cuyos cargos son nombrados por el dedo de un líder, como en el caso del PP. Tampoco es una organización plenamente democrática, en la cual los líderes son elegidos por las bases. Se trata de una especie de democracia delegada con alguna de sus peores contraindicaciones. Son las federaciones las que en última instancia eligen los órganos de dirección, pero estas se comportan con todos los vicios de una estructura clientelar en la que cada miembro rinde lealtad a su barón territorial, al que le deben el cargo, el sueldo o, cuanto menos, la posibilidad de promocionarse. Pedro Sánchez creyó que, por el hecho de ser elegido en primarias, podía soslayar a las federaciones. Por algún tiempo lo consiguió, pero su equilibrio fue siempre inestable, porque el PSOE seguía siendo el PSOE, porque nunca ganó ningunas elecciones que le permitieran reafirmarse en la victoria y porque nunca pudo ofrecer algo decente que mereciera a alguien la pena: algún cargo importante, algún ministerio, algo con lo que a su vez construir su red de clientes. En sus años en la secretaría general sólo pudo ofrecer promesas.

En gran medida, la segunda crisis se produce por efecto de un verso libre que pretendió sustraerse al poder de las federaciones. El relato de tanto desafuero estratégico podría construirse así de manera diferente si se descubriese que sus acciones fueron el resultado de un proyecto visionario de Estado cargado de esperanzas o si pudiéramos creernos que respondieron a un enfrentamiento con el maléfico aparato del partido con la intención de levantar otro verdaderamente democrático y horizontal. De esta manera, podría convertirse en una especie de héroe enfrentado al sistema. Sin embargo, no se encuentra en él nada de eso: a lo largo de su carrera no se han visto más que torpes palos de ciego para continuar en el poder, en una carrera beoda y zigzagueante hacia ningún puerto.

La tercera crisis es de proyecto. Es la cara más visible y la que más alarma ha suscitado. La negativa del aparato a construir una alianza alternativa con Podemos, su aliado natural, o a apoyarse eventualmente en los nacionalismos periféricos, con los que siempre han contado los gobiernos en minoría en la historia de nuestra democracia; la asombrosa predisposición de varios de los barones a permitir un gobierno de Mariano Rajoy, a pesar de hallarnos ante el ejecutivo que no hubiera durado ni un telediario por uno sólo de sus escándalos en cualquiera de los países de nuestro entorno; la apisonadora mediática que ha demonizado cualquier intento de gobierno alternativo; la irrupción de los grandes popes del difunto socialismo para contribuir al nuevo evangelio según el cual no es posible un gobierno con 85 diputados (para contradecirlo, ver este artículo), se encontró finalmente con la oposición de Pedro Sánchez. Pero sólo se decidió firmemente a dirigir una alianza contra el PP que contara con Podemos o incluso con los nacionalistas muy al final, tras las elecciones autonómicas recientes. El corolario es que su último discurso carece de un mínimo de credibilidad y no parece sino el temerario salto hacia adelante de un desesperado oportunista.

Aun si finalmente se decide mantener el no a Rajoy, gran parte del trabajo de zapa está hecho. El gobierno alternativo ya es una entelequia. ¿Cómo van ahora a desmontar la creencia de que todo este embrollo ha sido una conjura de los poderes fácticos para evitar una alianza de progreso? Imposible darle más y mejores argumentos al relato sobre la casta de Podemos.

Independientemente de la realidad o irrealidad de unos argumentos conspirativos que nos vienen a todos a la cabeza, lo que nos deja esta crisis, que seguramente no ha acabado, es solo vileza, traición, cloaca y hedor. Mi conclusión iba a ser analítica y no puede ser más que sentimental. Asfixia el tufo que emana de una crisis en la que no se discierne un héroe y en la que apenas nos podemos quedar con algún momento o protagonista que atempere nuestra conciencia sedienta de valores éticos: la cándida mudez de Odón Elorza al ser preguntado por el corral de comedias en que se había convertido el PSOE o el honrado mutis por el foro de Pérez Tapias durante el comité. Todo lo demás son mezquindades, venganzas, traiciones, servilismos, iniquidades, vergüenza.

Tras la debacle: Rajoy, sólo él. Como historiador, me desfallece recordar el escándalo del estraperlo, aquella minucia de sobornos por la instalación de una ruleta de juego, que provocó el hundimiento del Partido Radical y finalmente la convocatoria de elecciones en 1935, durante la II República. De aquello hace más de 80 años. Hoy España es un país bananero en comparación con aquel nivel de responsabilidad democrática. Hemos retrocedido ocho décadas, nada menos.

Pero sobre todo me viene a la cabeza la obra maestra de Alberto Rodríguez: la historia de ese indeseable al que llegamos a amar, Francisco “Paco” Paesa, que se movía como ninguno en los albañales del sistema. El mensaje de este tipo de películas es que siempre queda un resquicio en la cloaca para una suerte de justicia poética. En esta farsa madrileña nos gustaría también hallar la calmante sonrisa de pícaro de Eduard Fernández, de Clooney (Mr. Ocean) o de Paul Newman en El Golpe, como efecto sosegante y liberador de un mundo maloliente. Pero en esta película que hemos visto en Ferraz sólo se nos aparece un aquelarre de Goya, un carnaval de muecas.

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